A los 16 años trabajaba en la construcción para ayudar a mi familia. Más tarde fui repartidor y después pasé varios años en la hostelería, llegando a estar bajo la exigencia de una estrella Michelin, con Carles Abellán. Allí aprendí disciplina, protocolo y liderazgo, llegando a ser encargado en apenas tres años. Fue una etapa que disfruté, pero que también me quemó.
Paralelamente, una idea fija me acompañaba: dedicarme a los mercados financieros. Desde los 16 años estudiaba en mis pocas horas libres, aunque muchos me decían que era imposible: sin estudios superiores ni experiencia en el sector, todo jugaba en mi contra.
En el restaurante conocí a un cliente habitual que trabajaba en la Bolsa de Barcelona. Para mí, fue ver el cielo abierto: alguien que estaba dentro del mundo al que yo soñaba llegar. Cada vez que venía, buscaba excusas para preguntarle cosas, hasta que un día me armé de valor y le insistí en invitarle a un café fuera del trabajo. Siempre se había mostrado ocupado, pero aquella vez aceptó.
Fui a ese encuentro convencido de que podía abrirse una puerta. Le llevé mi CV, esperando que lo viera como mi entrada al sector. Pero su reacción fue tan sincera como dura:
«Franco, aquí solo hay ganas. Nada más. Si quieres entrar en este sector, certifícate. Empieza con el EIP, y si puedes, ve a por el EFA.»
Sentí un choque brutal. Por un lado, se desmoronaba la esperanza de un acceso directo. Por otro, esas tres letras —EFA— se grabaron a fuego en mi mente. No eran un pase mágico, pero sí un camino claro. Por primera vez supe qué debía hacer para transformar las ganas en una credencial.
El problema es que no tenía ni el bachillerato necesario para presentarme; me había sacado la ESO por la noche en una escuela de adultos. Estuve a punto de rendirme, pero encontré una salida: dejé la hostelería, pude tramitar el paro y lo complementé con trabajos puntuales en eventos de catering. Eso me dio una ventana de tiempo para intentarlo.
Durante 11 meses me dediqué a estudiar por mi cuenta. Había hecho una prueba en una escuela de negocios donde preparaban la certificación y no entendí nada. Pensé que por saber de trading ya sabía de finanzas… grave error. Decidí dejar la escuela y prepararme a mi ritmo, con profesores particulares de cálculo.
En ese mismo tiempo, preparé simultáneamente la prueba de acceso a la universidad y la certificación EFA. Primero aprobé el acceso. Poco después, una madrugada de primavera, refresqué la página para ver el resultado del examen: había aprobado la EFA. Aún no estaba todo hecho —necesitaba experiencia para obtener el número de licencia— pero había logrado el 50% de lo que antes parecía imposible.
Con la EFA aprobada, conseguí mi primera oportunidad en un bróker de Barcelona. Mi CV apenas destacaba —peón de obra, repartidor, camarero—, pero mi carta de presentación transmitió lo esencial: resiliencia, disciplina y haber logrado una certificación de alto nivel al primer intento y sin carrera universitaria. Me ofrecí incluso a trabajar gratis en el área comercial solo para demostrar mi valía. Mi motivación era imparable.
En la entrevista me pusieron a prueba con preguntas técnicas duras. Las respondí todas. Llevaba estudiando los mercados desde los 16 años; no dejé cabos sueltos y respondí a todo. Eso les convenció para darme una oportunidad.
Me contrataron tres meses a prueba por 900 euros. Recuerdo ese día como el mejor de mi vida: por primera vez me pagarían por hacer lo que amaba, en un escritorio, con aire acondicionado y una hora para comer. (Sí, ¡una hora para comer! En la hostelería de aquellos tiempos eso era una utopía).
A partir de ahí, todo se aceleró. Tripliqué mis objetivos, logré contrato indefinido y llegué a gestionar más de 300 clientes. Mis años en trabajos duros me habían forjado: lo que para otros era estrés, para mí era ligero. Venía de gremios muy duros y eso había creado mucho músculo mental.
El gran punto de inflexión llegó cuando el analista sénior de la firma se fue de vacaciones. Un responsable, que me había escuchado compartir análisis con los clientes por teléfono (más allá de mis funciones), convenció al CEO para que me probara como su sustituto. Me ofrecieron la oportunidad y no pensaba desaprovecharla.
De repente, estaba frente a cientos de personas en un webinar privado, con el micrófono abierto y la oportunidad de mi vida.
Al volver el analista sénior, yo regresé a mi puesto, pero algo había ocurrido: los clientes empezaron a pedir mis análisis de vuelta. Había nacido mi carrera como analista.
Continué desarrollándome en la firma hasta que decidí dar el salto a Madrid para seguir creciendo. Al cabo de un tiempo, me fichó un bróker internacional, donde llegué a ser responsable de análisis para España y posteriormente para Europa, en siete mercados distintos. Al mismo tiempo, comencé a colaborar en medios de comunicación, compartiendo mi visión y ampliando mi red de contactos.
Hoy soy analista de mercados, especializado en macroeconomía, renta variable, análisis técnico, fundamental y psicología aplicada. Soy Asesor Financiero Europeo certificado por EFPA (licencia nº 35591) y acumulo más de 10 años de experiencia entre análisis, gestión de capital privado, formación e investigación.
Lo que me distingue no son solo los gráficos ni los números. Es haber recorrido un camino improbable: de la obra y la hostelería a los mercados financieros. Mi carrera es la prueba de que la disciplina, la resiliencia y la pasión pueden convertir lo imposible en inevitable.
Y si yo pude lograrlo teniéndolo casi todo en contra, tú también puedes conseguir lo que te propongas. La vida es corta: lucha por tus objetivos.